”La ciudad de mis ojos” Palabras de una Bumangués cautivada por Barrancabermeja.

De: Paula López.
Para: BCABJA

A mis doce años, supe que quería conocer el mundo.

Sin embargo, solo salí y lo vi por una pequeña ventana a mis 40, cuando la sensación que causa el asombro por lo desconocido es un lugar común, es decir, fui, vi y volví. Eso fue todo. Leo desde que tengo memoria y de lo que leo una cosa siempre ha sobresalido por encima de todo, de los personajes inolvidables, de las escenas memorables, de las emociones transmitidas vívidamente: el paisaje. El lugar, el escenario donde ocurre todo. Eso que le da contexto al mundo que he recorrido imaginariamente.

De todos los lugares, no es esta ciudad que habito la de mis anhelos. Sin embargo son ya 16 años de canícula ininterrumpida, muchos para cualquier bumangués decente, casi trágicos para mis cercanos. Sin embargo, esos son.

Años de trabajo, años de soledad, de autoexilio. Sin embargo es esta mi casa y parece imposible pensarme en una ciudad diferente. En primera instancia porque es una ciudad nacida de una imagen narrada. A mis veinte años una compañera de la universidad me relató un anécdota personal, un encuentro con un fantasma, pero no cualquiera, su fantasma era  una mujer,  negra, descalza, una gorda feliz que la persiguió por una calle solitaria, que vino a espantarles una noche mal alumbrada de juegos de infancia. En segunda instancia porque es una ciudad nacida de la necesidad. A mis treinta fue apremiante ese deseo de huir de casa sin temor a dónde, huir de la familia, de los convencionalismos, aunque eso implicara someterme al castigo de una ciudad de nadie, lejos de la vida conocida. La pregunta siempre está allí, en las reuniones familiares. ¿Cuándo es el regreso?, ¿cuándo es el “hasta aquí” de vivir de la ciudad que ha alimentado el lujo de la capital con las regalías?, que dicho sea de paso no termina de ver pavimentada sus calles polvorientas o solucionado significativamente su problema de miseria, de violencia o aliviado el desplazamiento legal de la industria petrolera.

No he podido responder. No voy a decir que pienso que esta ciudad me retiene. Que ahora lo sé. No vine a trabajar. Vine a ser. Eso me ha implicado vivir. Fue un gran fracaso, honroso, mi experiencia inicial. No serví. No pude sacar a la gente de sus casas para que el progreso se diera. No hice mi trabajo. No pude convencer, no pude seducir, yo con tantos libros leídos, con tantas razones, no convencí a nadie, de que el progreso genera violencia, para que la industria se dé hay que sacar a las personas de su vida, hay que contaminar.

Sentí a los Barranqueños en su impotencia y esto fue mi perdición. Hice amigos, entre la gente, me enamoré, me quité de encima la ropa, aligeré mi calzado, abrí mis ventanas, reí.

En una parranda vallenata comí ese pescado del río, el del recuerdo de mi madre, de sus quince años en su primer viaje a esta tierra, ese que aquí llaman viuda. Entendí. Sin suero es impensable el almuerzo del sábado, sin un vallenato es poco probable amar. Aquí se contesta, porque eso se lleva en la sangre, el diálogo parece un desafío, armado de la lengua más afilada un contrincante puede matar, el golpe es directo a las vísceras, lo que es, es. Aquí es posible el desorden, porque con este calor nadie ordena. La lluvia es un prodigio de la naturaleza, una obra de arte que se contempla entre el horror y el asombro desde la ventana.  Todo puede esperar, hasta la muerte es paciente. Los atardeceres son inenarrables. Los amores son imposibles. Esto último explica por que razón García Márquez no pudo dejar de lado el imaginario ribereño en su obra.  Esta tierra es sin duda un rabioso homenaje a la vida en toda la extensión de la palabra, sin convencionalismos. Yo no soy barranqueña. No puedo serlo ni por adopción. Se requiere la infancia de pies descalzos, de miedo y de terror, de amor a golpes y verdades a la cara, de bocachico a la mañana, al mediodía y a la noche; de verdades a grito, de bochinchería. admito que lo gozo. Que hay algo aquí que no soy yo y si embargo se conecta conmigo, es algo antiguo, primitivo, que tiene que ver con ese lazo humano, puro y real, que se conecta con el ser. Es eso lo que me hace amar esta ciudad. Lo que no soy, lo que me diferencia de los Barranqueños. Cada calle vacía de mediodía, cada silencio de canícula, cada recóndito rincón que se revela como un pequeño paraíso de árboles de brisa, en una tarde de familia bajo el palo de mango. Es, sin duda, una ciudad que no termina por decidirse en su identidad. Es el conjunto de personas que se alzan altivas y me miran y me ven invasora; me quieren,  pero no me quieren, ceden ante mi, pero no me aceptan del todo. Es una lucha diaria encajar, entender y traducir una cultura tan llena de matices. No hay caribe, ni “antioqueñidad”, ni sur que valga, pero tampoco hay “santandereanidad”, de esa que les venden desde la centralidad de un departamento que aún no entiende la particularidad del Barranqueño.

Hay una lucha, por saber lo que se es, que parte de lo que no se es. Hay amor y odio: te queremos y no, vienes por el petróleo o vienes a quedarte. Es un poco el perro que muestra los dientes en el primer intento de caricia, pero en el fondo no odia, ama.

El Barranqueño ama al que viene, disfruta de la compañía, del intercambio de saberes, de pensares, pero es grosero, es duro. Y,  al igual de muchos que hemos llegado e independiente de las razones que nos traen, represento una amenaza. Frente a nosotros el Barranqueño necesita ser resistente. Hay demasiados de nosotros, los de afuera, que fuerzan en él el sentido de sobrevivencia. Quedarse es un propósito, que en el fondo implica un acto de amor. Sin amor es incomprensible desear permanecer. En este momento de mi vida, cuando puedo escoger un lugar, el de cualquiera de mis sueños literarios, que, en últimas son los que valen la pena ser luchados, sigo aquí. No va a bastar este inicio para explicarlo. Pero va a ser un verdadero placer dedicar cada línea a hacer sentir, a cada lector, porque vale la pena vivir en esta ciudad, que oteo desde el segundo piso donde vivo, en esta noche, calurosa desde siempre.

Hay luna llena señores, luna plena y un calor inimaginable. Hay que venir, hay que sufrirlo y entender de que se trata. Yo les cuento, si me dan una pausa.